La población de al-Andalus estaba constituida por un abigarrado conglomerado de etnias diversas.
En primer lugar, se encontraba el elemento autóctono de origen hispanorromano y godo. La mayor parte de esta población aborigen acabó convirtiéndose de buen grado al Islam, por motivos económicos fundamentalmente: los conquistadores gravaban, además del tributo sobre las tierras a quienes las poseían, con el impuesto de capitación a los nativos que se habían sometido por capitulación; pero se eximía del pago de este tributo a los musulmanes. Si bien esta política tuvo un éxito inicial, al permitir la islamización de los indígenas sin necesidad de recurrir a la coacción, a la larga mermó considerablemente los ingresos del Estado
1 y obligó a adoptar nuevos tributos, considerados ilegales, por no estar contemplados en el Corán. En algunas ocasiones, la pesada carga de la tributación, por resultar muy onerosa, provocó sangrientas revueltas sociales. Los conversos a la fe de los invasores, renegados, por tanto, del cristianismo, eran denominados con el nombre de
muwalladūn, o muladíes. No obstante, en la opinión de Rachel Arié (1982, p. 17) este término se reservaba a los descendientes de los que habían profesado el islamismo y a éstos se les llamaba
musālima. Algunos de los muladíes, en su afán de mimetismo, adoptaron nombres árabes, e incluso se inventaban genealogías falsas
2, y otros, en cambio, aun recibiendo su primer nombre de acuerdo con la onomástica árabe, prefirieron conservar su propio patronímico, como los Banu Angelino y los Banu Sabarico, que eran ricas familias muladíes de Sevilla. Los sometidos que siguieron fieles a su religión cristiana, es decir, los mozárabes (
musta’rib), constituían el segundo grupo indígena en importancia numérica. Su contingente fue disminuyendo, a medida que alguno de sus miembros iban abrazando el Islam o huyendo a los reinos cristianos o siendo masacrados en masa como consecuencia de las rebeliones y posteriores represalias. El tercer grupo era el de los esclavos. Éstos, en los primeros momentos, procedían de los que ya lo eran durante la dominación visigoda y de la población que, por haber ofrecido resistencia a los invasores, fueron dominados por la fuerza de las armas; así Dozy (1861, Tomo I, p. 238) habla de “esclavos cristianos que cultivaban las tierras de los árabes y de los bereberes” y Martín (1989, p. 73) menciona que al poco tiempo de la invasión agarena se habían hecho “más de 500.000 cautivos [...], muchos de los cuales fueron vendidos como esclavos, y otros obligados a cultivar la tierra”. Posteriormente, este grupo se engrosó con los cautivos cristianos del norte de la Península Ibérica, que habían sido apresados en las incursiones guerreras. Los esclavos también solían convertirse al mahometismo, pero el abrazar la religión de los dominadores no les suponía de inmediato la adquisición de los mismos derechos que los que se habían sometido por capitulación y se habían convertido al Islam voluntariamente (Lévi-Provençal, 1957, pp. 101 y 102). Antes tenían que haber sido manumitidos, cosa que ocurría realmente, entre otros motivos, porque el Corán considera como obra piadosa la liberación de esclavos (azora 24, aleya 33) o el rescate de los mismos (azora 9, aleya 60). Aún había un cuarto grupo de procedencia autóctona constituido por los judíos, del que apenas se dirá algo, aunque existen estudios específicos sobre este colectivo.
Y, en segundo lugar, se encontraban los elementos alógenos, que a su vez tenían orígenes plurales, incluso de diferentes tribus, aun procediendo de una zona común. Así, de Arabia había Hachemíes, que eran del mismo linaje que Mahoma, rama que pertenecía a un tronco más amplio, el de la tribu de Koreish; también de la Península Arábiga procedían medineses y yemeníes. Algunas gentes provenían de diversos sitios del Hichad, amplia comarca también en Arabia a la que pertenecían las ciudades de La Meca y Medina; y otras de Iraq, de Siria, de Egipto y de Libia. De Ifriquiya y, sobre todo, del Mogreb vinieron los beréberes, que constituían el mayor contingente de los invasores de la Península Ibérica. Pero a la hora del reparto, como relata Dozy (1881, Tomo I, p. 232):
Los árabes se atribuyeron la parte del león: ellos se adjudicaron la mayor parte del botín, el gobierno del país y las tierras más fértiles. Guardando para sí la bella y opulenta Andalucía, relegaron a los compañeros de Tarik a las áridas llanuras de la Mancha y de Extremadura y a las ásperas montañas de León, de Galicia y de Asturias, donde era preciso escaramucear sin tregua con los cristianos mal domados.
3 Otros elementos foráneos eran los esclavos, que con el tiempo, fueron adquiriendo relevancia numérica; los había del África negra y del centro de Europa. Los de procedencia europea fueron llamados eslavos, de donde viene la actual palabra para designarlos, por ser de esa etnia los siervos que inicialmente se compraron y en grandes cantidades
4 . También de origen foráneo estaban los grupúsculos de normandos, que habían quedado tras las correrías vikingas. Los esclavos manumitidos solían quedar como clientes de su antiguo señor, lo cual no impedía que gente libre también fuera cliente de algún aristócrata; estos libertos y clientes recibían el nombre de
mawālī (plural de
mawla), o maulas (Rachel Arié, 1982, p.176 y Lévi-Provençal, 1957, pp. 95 a 101)
En lo concerniente a Sevilla y su provincia, los elementos alógenos estaban compuestos principalmente por árabes de la primera oleada, o baladíes
5, que vinieron con Muza en 712, a los que luego se incorporaron sirios del chund de Emesa, también llamado
yund de Hims, que vinieron con Balch –o Baldj, según grafías en diferentes fuentes– en 741. Entre esos árabes había medineses y, sobre todo, yemeníes. El grupo de los yemeníes era el más numeroso de las etnias conquistadoras que se instalaron en tierras sevillanas; provenían de las tribus de Lajm, Yudam, Yahsub, Hadramawt y Tuyib, tal como enumera Bosch Vilá (1984, p. 25).
Como Sevilla no capituló, sino que fue conquistada y la mayoría de los propietarios territoriales tuvieron que huir, sus tierras, en gran parte, constituyeron botín de guerra y fueron ocupadas por los invasores. Éstos y el Estado, en lo concerniente al quinto del botín, se repartieron las propiedades de los antiguos señores visigodos, tanto en la ciudad como en el campo. Los árabes de pura estirpe se establecieron preferentemente en la campiña del Aljarafe, pero mantenían palacios en la ciudad (Dozy, 1881, Tomo II, p. 189). Muy señores ellos, y poco dados a realizar trabajos manuales, hicieron explotar las tierras bien por esclavos, los antiguos campesinos y otros habitantes de Sevilla que cayeron en tal condición, o bien concediéndolas en aparcería a colonos aborígenes, mozárabes o muladíes. Los bereberes se asentaron en otras áreas rurales de la provincia de Sevilla, por ejemplo en el término de Carmona o en el de Morón. Al principio, a los sirios del chund de Emesa establecidos en la cora (o provincia) de Sevilla y en la de Niebla se les asignó, para que vivieran holgadamente y pudieran dedicarse a su cometido de soldados en reserva a disposición del califa, los dos tercios de las rentas proporcionadas por los bienes del Estado, muebles e inmuebles, que habían sido confiscados a los cristianos; pero, con el tiempo, los sirios acabaron por apoderarse de tierras y convertirse en propietarios territoriales (Bosch Vilá, 1984, pp. 21 a 24). En lo que a esto último se refiere, Sánchez-Albornoz (1946, Tomo 2, p. 26) reproduce una epístola traducida por Asín bajo el título de
Un códice inexplorado del cordobés Ben Hazm (publicado en
Al-Andalus, II, 1934, p.36), en la que este político y poeta del siglo XI dice:
«Esto sin contar con un hecho que no hemos jamás dejado de oír en boca de todo el mundo, y que por eso engendra ciencia cierta; a saber: que Al-Andalus jamás reservó el quinto ni dividió el botín, como lo hizo el Profeta en los países que conquistó, ni los conquistadores se avinieron de buen grado a ello ni reconocieron el derecho de la comunidad de los muslimes, como lo hizo en sus conquistas Umar; antes bien, la norma que en esta materia se practicó fue la de apropiarse cada cual aquello que con sus manos tomó. Sobre Al-Andalus cayeron, victoria tras victoria, los berberiscos, los afariqas y los egipcios, y se apoderaron de un buen número de pueblos, sin dividir el botín. Entraron después los sirios al mando de Balch ben Iyad al-Quraizi y expulsaron de las tierras que ocupaban a la mayoría de los árabes y berberiscos, conocidos con el nombre de baladíes, tal como ahora veis que lo hacen los berberiscos, sin diferencia alguna, pues bien público y notorio es lo que veis que hacen ahora con las bestias de carga en las algaras y con los frutos del olivo; que los berberiscos y los tiranos se apoderan de todo cuanto poseen, salvo lo poco que les parece dejarles... ¡Injusticia por injusticia!»
No obstante, este asunto del reparto o, en su caso, de la usurpación de las tierras no está del todo aclarado
6 , ya que Lévi-Provençal (1957, p. 113) recoge las declaraciones del alfaquí Abu Cha’far Ahmad ibn Nasr al-Dawudí, un jurista contemporáneo de Ibn Hazm, que desmienten las afirmaciones de Ibn Hazm, recién transcritas. Estas son las palabras de Abu Cha’far:
«Tocante al territorio de al-Andalus, ha sido objeto de una declaración de mala ley por parte de cierto personaje, quien ha pretendido que el país, o su mayor parte, fue conquistado a la fuerza, no estuvo sujeto al quinto y no estuvo sometido a ningún reparto, sino que, al contrario, cada grupo de conquistadores se apropió por la violencia de una parte del suelo, sin que recibiera del poder central la enfeudación correspondiente.»
Los antiguos pobladores indígenas pasaron a ocupar, o siguieron ocupando, las escalas más bajas de los estratos de la sociedad, es decir, constituyeron la mano de obra, en muchos casos servil, que se dedicó al cultivo de las tierras y a los trabajos en los oficios y en el comercio. Hasta mediados del siglo VIII en Sevilla la comunidad más numerosa, lo mismo que en Toledo, Córdoba y Mérida, era la de los mozárabes (Rachel Arié, 1982, pp. 17 y 18). Pero pronto, ya en la primera mitad del siglo IX, la mayoría de los sevillanos había abjurado del cristianismo y, para la gran cantidad de musulmanes que ya había en Sevilla, en el reinado del emir Abderramán II se tuvo que edificar una gran mezquita, según Dozy (1861, Tomo II, p. 188).
No obstante, en el momento de las primeras conquistas de los muslimes, algunos visigodos colaboraron con los invasores y conservaron sus grandes posesiones territoriales. Tal fue el caso de Olmundo y Ardabasto, hijos de Witiza el rey destronado por don Rodrigo (el último rey godo), que, como es natural, enseguida se pusieron en contra de quien había depuesto a su padre y a favor de las fuerzas que se oponían al nuevo rey visigodo. Las propiedades territoriales de Olmundo se encontraban en la provincia de Sevilla, mientras que las de Ardabasto estaban en la de Córdoba (Bosch Vilá, ib. pp. 22 35 y 61). Las grandísimas posesiones de éste despertaron la envidia del emir de Córdoba Abderramán I, quien violando el tratado que los hijos de Witiza habían sellado con Tarik y posteriormente ratificado por el califa de Damasco, las confiscó en su favor “tan sólo porque las encontraba demasiado extensas para un cristiano” (Dozy, 1861, Tomo II p. 54). Mientras tanto, la fortuna de Olmundo no corría la misma suerte que la de su hermano: La única hija de Olmundo, Sara la Goda, heredó la inmensa fortuna de su padre, y, al casarse dos veces con musulmanes, dio origen a varias familias muy poderosas e influyentes. De su primer matrimonio con el damasceno ‘Isa ben Mazahim, con quien la casó el califa omeya de Damasco Hisam b. ‘Abd al-Malic, descendían los Banu l-Qutiyya, o sea, “los descendientes de la Goda”, y de sus segundas nupcias con el yemení, de la tribu de Lajm, ‘Umayr b. Sa’id, con quien se casó por consejo del primer emir omeya de Córdoba, Abderramán I, descendían, entre otras familias, los Banu Hayyay, o Beni Haddjadj, según diferentes grafías en distintas fuentes, que protagonizaron en Sevilla una insurrección en el año 889, durante el reinado del emir ‘Abd Allah.
Otros habitantes de Sevilla, de entre los descendientes de los hispanorromanos y de los godos, se fueron enriqueciendo con el transcurso del tiempo gracias a la agricultura y el comercio, pues “numerosas embarcaciones de ultramar iban a buscar a Sevilla, que pasaba por uno de los mejores puertos de España, cargamentos de algodón, de aceitunas y de higos, que la tierra en abundancia producía” (Dozy, ib., Tomo II, pp. 187 y 188). M’hammad Benaboud (1992, pp 77 a 82) confirma el gran potencial económico de Sevilla en el siglo XI, así como el enriquecimiento de algunos de sus habitantes, debido a la abundancia de recursos naturales y la feracidad de su campo. Algunas variedades de higos sólo se cultivaban en Sevilla, como los llamados
al-qúti y
al-sufrí. En la comarca sevillana los “olivares eran tan extensos que un viajero podía atravesar un área de veinticinco millas bajo la sombra de los olivos”. Se producía tanto aceite en los alrededores de Sevilla que los comerciantes sevillanos se enriquecieron exportándolo a través de su puerto fluvial en el Guadalquivir
7. Una de las ricas familias de origen español era la de los Banu Angelino, de la cual un tal Jattab ibn Angelino, abuelo del personaje llamado Mohammed ibn Omar que se vio involucrado en los sucesos del año 889, se había convertido al mahometismo.
La insurrección en Sevilla del año 889 estuvo encabezada por Ibahim b. Hayyah, descendiente de Sara la Goda, y por el yemení, de la tribu de Hadramawt, Qurayb, de los Banu Jaldún
8 . El motivo de la sublevación de estos aristócratas árabes fue según Dozy (ib., Tomo II, p. 190) alzarse con el poder en Sevilla, arrebatando la ciudad al sultán, y tener vía libre para expoliar a los ricos y odiados españoles. El resultado de esta rebelión fue que, tras la muerte de los cabecillas de los Jaldún, Ibrahim consiguió del emir de Córdoba ‘Abd Allah el reconocimiento del señorío sobre Sevilla y Carmona, lo que representaba el derecho a percibir los impuestos (Bosch Vilá, 1984, pp. 61 a 66). Pero durante la rebelión se produjeron acontecimientos sangrientos para la población sevillana de origen hispano. Ibn Angelino e Ibn Sabarico fueron ejecutados y el gobernador de Sevilla, deseoso de vengar las muertes de sus tres hermanos, acaecidas en las luchas de esos luctuosos sucesos, concedió permiso a los Jaldún y a los Hayyay “para saquear y exterminar a todos los españoles, cristianos o musulmanes, dondequiera que los encontraran, en Sevilla, en Carmona o en el campo”. Dozy (ib., Tomo II, p. 203) prosigue con esta narración del siguiente tenor:
Entonces comenzó una horrible carnicería. Ciegos de furor, los yemenitas degollaron españoles a millares. Por las calles corrían arroyos de sangre. Los que se arrojaron al Guadalquivir, para escapar del cuchillo, casi todos perecieron en las olas. Pocos españoles sobrevivieron a esta horrible catástrofe. Opulentos antes, ahora se encontraban en la miseria.
Los yemenitas conservaron mucho tiempo el recuerdo de esta sangrienta jornada; el rencor sobrevivió entre ellos a la ruina de sus adversarios. En los castillos señoriales y en otros lugares del Axarafe y del Sened [comarca que al oeste del Aljarafe se extiende hasta Niebla], en las nocturnas veladas, los improvisadores tomaban muchas veces por tema de sus cantos el triste drama que acabamos de referir, y entonces los yemenitas, con la vista inflamada por un odio sombrío y feroz, escuchaban versos como estos:
“Con la espada en la mano, hemos exterminado esos hijos de esclavas. Veinte mil de sus cadáveres yacían en el suelo, las grandes olas del río llevaban otros.
“Su número era otras veces prodigioso, nosotros lo hemos hecho mínimo.
“Nosotros, hijos de Cahtan, contamos entre nuestros abuelos a los príncipes que reinaban antes en el Yemen: ellos, esclavos, no tienen más que esclavos por abuelos.
“¡Infames!, ¡perros!, con su loca audacia osaron venir a desafiar a los leones en su gruta...
“Nosotros nos hemos enriquecido con sus despojos y los hemos precipitado en las llamas eternas, donde han ido a reunirse con los themuditas”
9 .