lunes, 25 de agosto de 2014

La Constitución de Cádiz de 1812


PINCHA EN LA IMAGEN

La Constitución española de 1812,2 conocida popularmente como La Pepa o La Constitución de Cádiz,3 fue promulgada por las Cortes Generales de España, reunidas extraordinariamente en Cádiz, el 19 de marzo de 1812. Se le ha otorgado una gran importancia histórica por tratarse de la primera constitución promulgada en España,4 además de ser una de las más liberales de su tiempo. Respecto al origen de su sobrenombre, la Pepa, no está muy claro aún, pero parece que fue un recurso indirecto tras su derogación para referirse a ella, debido a que fue promulgada el día de San José.
Oficialmente estuvo en vigor sólo dos años, desde su promulgación hasta su derogación en Valencia, el 4 de mayo de 1814, tras el regreso a España de Fernando VII.5 Posteriormente se volvió a aplicar durante el Trienio Liberal (1820-1823), así como durante un breve período en 1836-1837, bajo el gobierno progresista que preparaba la Constitución de 1837. Sin embargo, apenas si entró en vigor de facto, puesto que en su período de gestación buena parte de España se encontraba en manos del gobierno pro-francés de José I de España, otra en mano de juntas interinas más preocupadas en organizar su oposición a José I y el resto de los territorios de la corona española (los virreinatos) se hallaban en un estado de confusión y vacío de poder causado por la invasión napoleónica.
La constitución establecía la soberanía en la Nación (ya no en el rey), la monarquía constitucional, la separación de poderes,6 7 la limitación de los poderes del rey, elsufragio universal masculino indirecto, la libertad de imprenta, la libertad de industria, el derecho de propiedad o la fundamental abolición de los señoríos, entre otras cuestiones, por lo que "no incorporó una tabla de derechos y libertades, pero sí recogió algunos derechos dispersos en su articulado". Además, incorporaba la ciudadanía española para todos los nacidos en territorios americanos, prácticamente fundando un solo país junto a las excolonias americanas.8
Por el contrario, el texto consagraba a España como Estado confesional católico, prohibiendo expresamente en su art. 12 cualquier otra religión,9 y el rey lo seguía siendo "por la gracia de Dios y la Constitución".10 Del mismo modo, este texto constitucional no contempló el reconocimiento de ningún derecho para las mujeres, ni siquiera el de ciudadanía11 (la palabra "mujer" misma aparece escrita una sola vez, en una cita accesoria dentro del art. 22), aunque con ello estaban en plena sintonía con la mayoría de la sociedad española, europea y americana del momento.


domingo, 24 de agosto de 2014

El sur también existe: Murcia, Almería, Granada y Málaga



PINCHA EN LA IMAGEN

Serie documental que recorre la geografía peninsular desde el aire con el objetivo de resaltar aspectos geográficos, históricos y culturales. Durante los tres meses de rodaje, el equipo contó con la última tecnología y recorrió todas las autonomías.

viernes, 22 de agosto de 2014

De cómo los hispanos se convirtieron en árabes



AlhambraVista del mihrab en la Alhambra en una imagen del siglo XIX. / J. LAURENT (BIBLIOTECA NACIONAL)









Uno de los temas que más difícil nos resulta explicar a los historiadores es el significado que tienen los pueblos en la Historia. Hablamos de romanosvisigodos o árabes, pero pocas veces explicamos lo que queremos decir con esos apelativos. No es, pues, de extrañar que sigan muy presentes aquellas tediosas enseñanzas escolares que dibujaban a los romanos trayéndonos acueductos; a los visigodos, escudos y espadas; o a los árabes, en fin, regadíos y la Alhambra. Detrás de esta visión latía la idea de que "nuestros ancestros" habían sido dominados por estos pueblos en distintos momentos, mientras el "pueblo originario" -o los diversos "pueblos originarios", dependiendo del prisma nacionalista que se elija- continuaban su larga andadura histórica. Fruto de esta visión, forjada en púpitres de madera con tintero, es que un antiguo presidente del Gobierno de España tuviera la peregrina ocurrencia de declarar que los árabes tenían que pedir perdón a los españoles por haberles conquistado.
Las cosas afortunadamente son algo más complejas y también bastante más interesantes. Me centraré en el caso de los árabes, que es el que mayores confusiones genera, pues no en vano los nacionalismos ibéricos han hecho de la idea de Reconquista su santo y seña particular.
Es un error muy común creer que los árabes eran un pueblo de camelleros nómadas en estado semi-salvaje antes de la aparición del islam. Lo que se sabe de la Arabia preislámica, por el contrario, es que albergaba poblaciones muy diversas, algunas de ellas instaladas en ciudades con larga tradición comercial y una cultura nada rústica. Las miles de inscripciones encontradas allí hablan en distintos dialectos y caracteres de una sociedad estrechamente relacionada con los grandes imperios antiguos, y en la que existían también pujantes reinos e incluso una literatura muy interesante, que ha dejado restos de una excepcional poesía.
Las grandes conquistas producidas tras la aparición del islam no fueron provocadas por un alocado movimiento de tribus montadas en camellos, sino que estuvieron dirigidas por la élite árabe nacida al amparo de la nueva religión predicada por el profeta Mahoma. Lo que sabemos sobre esas conquistas apunta hacia un patrón casi siempre muy similar: la gran debilidad de los estados de la época hacía que dependieran mucho de la suerte del ejército de su rey o de su emperador, de tal manera que su derrota en una o dos batallas campales dejaba sin defensa a unas poblaciones que quedaban abandonadas a su propia suerte. Los ejércitos árabes podían tomar entonces las principales ciudades -Damasco, Jerusalén, Ctesifón, Alejandría, Cartago, Córdoba o Toledo- sin encontrar mucha oposición. Tras hacerse con los resortes de la administración conseguían que la posible resistencia en otras zonas no pudiera reorganizarse y que fueran muchos quienes optaran entonces por pactar con los invasores. Ello permitió conquistas fulminantes de las que se benefició inmensamente la nueva élite, que se hizo construir grandes y hermosos palacios en lugares de la actual Siria y Jordania. En uno de ellos, Qusayr Amra, unas pinturas realizadas para el califa omeya en la primera mitad del siglo VIII muestran al rey visigodoRodrigo -con una inscripción que le identifica- junto a los emperadores bizantino y sasánida: los grandes derrotados por los ejércitos de los califas.
SelloPrecinto de plomo a nombre del gobernador árabe de al-Andalus Anbasa ibn Suhaym (721-726). Colección Tonegawa.
Se dice a veces que la conquista de Hispania del año 711 fue llevada cabo por tropas mayoritariamente bereberes -es decir, gentes procedentes del norte de África- lo cual significaría que de árabe no habría tenido mucho. Sin embargo, esa idea no es correcta, dado que tanto la dirección de la misma, como su orientación ideológica eran árabes, como también lo fue su resultado: la integración de Hispania -ahora llamada al-Andalus- en el imperio de los califas árabes de Damasco. De la misma manera que a nadie se le ocurre dudar del carácter de las conquistas de Roma por la variada procedencia de los legionarios que las realizaban, es erróneo poner en duda el carácter árabe e islámico de la conquista por el hecho de que muchas de sus tropas procedieran del norte de África. Además, en torno al año 741 un nuevo ejército árabe llegó a al-Andalus, y sus numerosas tropas se diseminaron por buena parte de este territorio, contribuyendo así a reforzar el carácter árabe e islámico de la ocupación. Quienes organizaron, dirigieron y administraron la conquista fueron, pues, los árabes, y los testimonios contemporáneos en papiros procedentes de latitudes como Egipto demuestran que, como todos los conquistadores, se tomaron muy en serio su papel de dominio sobre las poblaciones sometidas.
La consolidación de este dominio comenzó a cambiar las cosas. De hecho, es llamativo el destino de los bereberes llegados a la península. Perdieron rápidamente su propia lengua -que nada tenía que ver con el árabe- hasta el punto de que el castellano apenas incorporó palabras procedentes del bereber, al contrario de lo que haría con el árabe, del que proceden entre 4000 y 5000 vocablos. Estos bereberes, por lo tanto, se arabizaron muy rápidamente tanto en su lengua, como en sus nombres y usos culturales. Un sabio andalusí muy conocido, debido a que fue uno de los introductores del rito jurídico malikí, llamado Yahya b. Yahya (m en 848), tenía un nombre indistinguible de cualquier árabe, pero descendía de un ancestro bereber llegado con la conquista cien años antes.
También la población indígena comenzó a adoptar la lengua árabe de forma muy rápida. Hay muchas pruebas de ello. En un célebre texto, el escritor cristano Álvaro de Córdoba se quejaba en pleno siglo IX de que sus correligionarios más jóvenes apenas se interesaban por el latín y los escritos eclesiásticos, prefiriendo la lectura de los poetas árabes. Por la misma época, un gobernador árabe de Mérida, prendado de las antiguas inscripciones que todavía abundaban en la ciudad, quiso saber lo que decían, pero no encontró entre todos los cristianos a nadie que supiera descifrarlas, excepto un clérigo viejo y decrépito. Un siglo más tarde, libros sagrados como los Salmos o incluso el Evangelio tenían que ser traducidos al árabe, como también lo fueron los propios concilios de la iglesia hispana en pleno siglo XI. Todo ello demuestra que los cristianos que todavía quedaban en al-Andalus tenían que traducir sus textos religiosos al árabe para poder entenderlos.
Este proceso de cambio es conocido como arabización. A él contribuyeron también los matrimonios mixtos producidos después del año 711 entre mujeres indígenas y conquistadores. Fueron muy numerosos, -el más conocido el de Sara, la nieta del rey visigodo Witiza- aunque no eran muy bien vistos por las jerarquías eclesiásticas, tal y como demuestra una carta del papa Adriano, quien a finales del siglo VIII, se lamentaba de que en Hispania las gentes daban a sus hijas en matrimonio a los paganos. Estas quejas, sin embargo, poco podían hacer para detener unos procesos sociales imparables, que acabaron suponiendo la fusión de conquistadores y conquistados y la arabización completa de estos últimos. El resultado fue que varias generaciones después de la conquista mucha gente había perdido la conciencia de sus ancestros indígenas.
Escanear0434Un caso muy evidente -y siempre citado- es el del gran escritor Ibn Hazm [en la imagen], autor de un magnífico tratado sobre el amor, El Collar de la Paloma (Tawq al-hamama), quien con toda probabilidad descendía de indígenas, pero para el cual las principales referencias culturales eran árabes y, por supuesto, islámicas. Los casos más extremos de arabización eran los de personajes que, a pesar de que descendían de bereberes o indígenas, pretendían tener ancestros en la Arabia preislámica, lo que da buena muestra del prestigio que esta noción tenía en la sociedad andalusí. La arabización lingüística, por lo demás, ha sido brillantemente demostrada por arabistas españoles como Federico Corriente, que han sido capaces de establecer los peculiares rasgos morfológicos, fonéticos y léxicos que tenía el árabe hablado por la inmensa mayoría de las gentes en al-Andalus.
Siempre que se habla de estas cosas, sin embargo, uno debe temerse lo peor. Es inevitable que surja el Unamuno de turno, que se tome todo esto a la tremenda y nos regale atormentadas disquisiciones, que insisten en ver en lo ocurrido hace mil y pico años los gérmenes de nuestra contemporánea aflicción. Tampoco suele faltar una visión nacionalista árabe que intente demostrar la superioridad de esta cultura a lo largo de los siglos. Las gentes aquejadas por estas visiones tan trascendentalistas del pasado -a pesar de que éste insiste en ser miserablemente materialista- suelen discutir entre sí con gran pasión y con información no muy veraz, lo que provoca embrollos sin cuento, que mezclan lo ocurrido en los siglos medievales con situaciones contemporáneas para perplejidad de los más sensatos.
Me consta que a muchos de mis colegas estos embrollos les provocan cierto tedio y una comprensible desgana por embarcarse en la divulgación de los conocimientos que atesoran. Pero me temo que nuestro compromiso social de historiadores no nos deja elección, y que, a despecho de malentendidos y tergiversaciones, debemos explicar lo que la investigación ha venido sacando pacientemente a la luz y que, en muchos casos, no son meras opiniones, sino hechos plenamente verificados. Y uno de esos hechos es que, tiempo después de la conquista militar, los descendientes de los hispanos sometidos comenzaron a convertirse en árabes desde el punto de vista cultural y lingüístico: algunos siguieron manteniendo su religión cristiana -los llamados mozárabes-, mientras que otros muchos se convirtieron al islam. Queda para otra ocasión este tema, el de la islamización religiosa, del que apenas hemos podido hablar aquí y que merece también una larga explicación.
Mientras tanto quédense con esta idea. Contrariamente a lo que pretende el pensamiento histórico más conservador (que anda últimamente muy desbocado), la Historia es un proceso continuo de cambio y transformación.

lunes, 18 de agosto de 2014

La Revolución Industrial en Andalucía

PINCHA EN LA IMAGEN

1.         Los orígenes de la industrialización en Andalucía
1. Factores de la industrialización andaluza
La revolución industrial, que había tenido su origen en Inglaterra durante las últimas décadas del siglo XVIII, alcanzó España concluido el primer tercio del siglo XIX aunque su gran impulso se produjo en la década comprendida entre 1840 y 1850. Inicialmente Andalucía se mantuvo a la cabeza del proceso industrializador, debido a la confluencia de una serie de factores favorables:
  • Alto crecimiento demográfico, por encima de la media española.
  • Estrecha y antigua vinculación comercial con el Reino Unido a través de Gibraltar, del comercio de los puertos de Cádiz y Málaga y por la presencia de un importante grupo de industriales británicos en Sevilla y Jerez de la Frontera.
  • Relación tecnológica con el Reino Unido: a Cádiz llegaron algunas de las primeras máquinas de vapor de Watt a fines del siglo XVIII.
  • Grandes recursos mineros, especialmente de minerales de plomo, cobre e hierro.
  • Acumulación de capitales, provenientes de la agricultura.
  • Mano de obra barata y abundante, proletarizada por el fracaso de la desamortización, para la creación de una clase media propietaria y rural.
  • Notable burguesía comercial, avanzada en ideas, fundamentalmente establecida en Cádiz y en Málaga.
Sin embargo, a pesar de unas expectativas iniciales muy prometedoras, la industrialización en Andalucía fue desequilibrada: dispersa en pequeños núcleos muy separados entre sí, prematura y no respondió a las necesidades reales del mercado.
2. La primera industria siderúrgica y textil andaluza
Las primeras iniciativas industrializadoras del siglo XVIII se vieron frenadas por la inestabilidad propiciada por la guerra de la Independencia, por el estancamiento que representó el reinado de Fernando VII y por el negativo impacto de la pérdida de las colonias americanas sobre el comercio. Superadas estas dificultades a partir de los años treinta, se asistió a una primera industrialización, que comenzó por el desarrollo de la siderurgia,coincidiendo con la inestabilidad política en el Norte a causa de las guerras carlistas.
La siderurgia andaluza fue la más importante de España entre 1833 y 1866. Se centró en el eje Málaga-Marbella y en Sevilla y Almería:
  • Eje Málaga-Marbella. En 1826, Manuel Agustín Heredia, exportador de vinos y aceites, junto a otros comerciantes, constituyó en Marbella "La Concepción", fábrica de hierro con tres altos hornos - que fueron los primeros de España -. En 1833 entró en funcionamiento en Málaga "La Constancia", altos hornos que utilizaban el método de afinación inglesa. Hacia 1840, Heredia era el primer industrial siderúrgico español. Juan Giró creó en Marbella en 1841 la ferrería "El Ángel", con tres altos hornos para hierro colado.
• Sevilla. En 1840, Narciso Bonaplata levantó en El Pedroso la fundición "San Antonio", y en la capital se crearon los talleres mecánicos de "Portilla Hnos.. & White" en 1857.
  • Almería La entrada en funcionamiento de la ferrería San Ramón en La Garrucha fue la última de un conjunto de pequeñas industrias siderúrgicas.
A partir de 1862, con el cierre de la fundición de "El Ángel", sobrevino la decadencia. El empleo de carbón vegetal como combustible había esquilmado los bosques mediterráneos costeros. El carbón asturiano que comenzó a reemplazarlo no era competitivo. Además, al mismo tiempo la siderurgia del norte, con un carbón barato, experimentó un vertiginoso crecimiento. El hierro andaluz, con un alto coste de combustible, dejó de ser rentable y las fundiciones se vieron abocadas al cierre.
La industria textil andaluza presentó a partir del segundo tercio del siglo XIX un amplio crecimiento, favorecido por el arancel de 1841, que prohibía la importación de paños extranjeros para facilitar la creación de una industria pañera nacional. La manufactura textil andaluza incorporó la mecanización en los sectores tradicionales - lana y lino - y desarrolló un moderno sector algodonero, dependiente del consumo interno En Antequera se desarrolló una importante industria lanera y en Málaga se instalaron varias fábricas de telas de algodón promovidas por las familias Heredia y Larios, como la "Industria Malagueña" -fundada en 1846- que al comienzo de los años sesenta era la segunda industria algodonera "a la inglesa" de España. En Cádiz se formó en 1846 la "Empresa Gaditana de Hilados y Tejidos del Algodón al Vapor", propiedad de miembros de destacadas familias burguesas locales, y que daba trabajo a
250 operarios.
La industria textil andaluza vivió su etapa de mayor esplendor hacia mediados de siglo, pero la falta de mercado exterior, lo reducido de su demanda interna y las crisis económicas de la segunda mitad del XIX la condujo a una decadencia a partir de los años ochenta.
3. Otras industrias
Durante el siglo XIX pervivieron en Andalucía industrias tradicionales como los curtidos, los vinos, los aceites y la molienda de cereal.
La elaboración del vino en la comarca de Jerez se adaptó a los nuevos modos de producción  industrial, sin abandonar la esencia de los métodos tradicionales. La  producción aumentó al tiempo que las trabas administrativas se reducían, con medidas  como la abolición del gremio de vinateros en 1834. A partir de ese momento la producción se concentró en grandes bodegas. Al verse Francia afectada por la filoxera el sector vitivinícola jerezano vivió un momento de expansión, entre 1868 y 1892, aunque la llegada de la plaga a España provocó una crisis pasajera.
La industria azucarera se concentró en Granada. Las fábricas de azúcar a partir de la caña y, posteriormente, de la remolacha, tuvieron gran importancia en la costa y en la vega. A principios del siglo XX esta industria se extendió por varias poblaciones de la región.
La industria naval gaditana había tenido un origen militar. Al centro de reparaciones y construcciones militares del Arsenal de la Carraca se sumaron en 1870 los astilleros de Matagorda -Puerto Real, propiedad de la compañía Trasatlántica- y los de Cádiz -1891, de la Dad. Vea Murguía-.

4. La minería andaluza en el siglo XIX
Andalucía había sido desde la Antigüedad una región minera. Su riqueza en minerales metálicos de plomo, cobre e hierro fueron conocidos por todas las civilizaciones históricas.
Las leyes de minas del siglo XIX supusieron la desamortización del subsuelo. La Ley Minera de 1868 facilitó las concesiones, que podían ser realizadas por los gobernadores civiles de las provincias con carácter perpetuo. A partir de ese momento los concesionarios pasaron a ser los verdaderos y únicos propietarios de las minas.
La mitad de los capitales invertidos en las minas fueron españoles, aunque las empresas mineras más rentables quedaron en poder de compañías extranjeras -fundamentalmente británicas y francesas- capaces de introducir en Andalucía los modernos sistemas de producción europeos y grandes cantidades de capital. Estas compañías, que se hicieron con la explotación de todos los yacimientos mineros, tuvieron como objetivo sacar los máximos beneficios con la menor inversión y en el menor tiempo posible para surtir a las industrias de los países occidentales. Esto se tradujo en un nuevo colonialismo que creó fabulosos negocios pero que sólo dejó en Andalucía exiguos salarios y graves problemas sociales y medioambientales.
Entre 1861 y 1910 la minería andaluza suministró la octava parte de la producción mundial de plomo, la décima de cobre y la tercera parte de la producción de piritas de hierro y cobre para obtener azufre. En 1910 la minería daba empleo a 50 000 mineros en actividades de laboreo - extracción y lavado o selección del mineral - y a más de 7 000 en funciones de fundición o transformación industrial del mineral, lo que nos proporciona una idea de la importancia de esta actividad económica en Andalucía.
Plomo
La galena andaluza era de una alta calidad, con un tenor de hasta el 80 %. El espectacular aumento de la demanda de este producto en los mercados europeos desató una "fiebre del plomo" que afectó a los ricos yacimientos andaluces.
En la provincia de Almería se pusieron en explotación los filones de la sierra de Gádor, en la que se desplegaron multitud de pequeñas concesiones mineras. Como estaba prohibida la exportación del mineral en bruto, las labores de fundición del plomo se  llevaron a cabo en las cercanías de las minas, en fundiciones artesanales, de tecnología rudimentaria y combustible vegetal - esparto -, conocidas como boliches.
Hacia 1836 se dio una crisis coyuntural del sector del plomo, con una caída de su precio. Los yacimientos de Sierra Almagrera, en el levante almeriense, con filones fáciles de extraer, de gran riqueza y con contenido de plata, se pusieron en explotación. Se erigieron fundiciones modernas, que utilizaban máquinas de vapor y hornos ingleses, propiedad de la burguesía comercial malagueña. Esta fase, de capital autóctono y carente de la tecnología extranjera, se prolongó hasta 1868. La escasa acumulación de capital, la atomización de las explotaciones y el insuficiente espíritu de empresa impidieron el despegue de esta actividad. El plomo, en lingotes de 50 a 60 Kg., se llevaba en carretas hasta la costa, donde se embarcaba en gabarras y desde allí se transportaba a los barcos.
A partir de 1869 se produjo el cambio de la hegemonía del sureste en favor de los yacimientos de Sierra Morena. Este hecho estuvo en relación con la construcción del ferrocarril entre Bélmez y Córdoba en 1873, lo que permitió el abastecimiento de carbón cordobés a la metalurgia de Linares-La Carolina. En esta zona se produjo la progresiva entrada de empresas extranjeras - británicas, francesas y belgas -, que dominaron la producción hasta la primera guerra mundial. Las fábricas de plomo alcanzaron grandes dimensiones y aumentó la producción y los beneficios, cuya mayor parte no fue reinvertida en Andalucía. A partir de 1890 la producción de plomo inició un lento descenso debido al agotamiento de los mejores filones. A partir de 1914 pasó a poder de los españoles por la retirada de capital extranjero.
Durante los primeros años del siglo XX se mantuvo la actividad en el distrito minero de Linares - La Carolina - y creció la importancia de la sierra de Córdoba, ambos en poder de la francesa Sociedad Minero Metalúrgica de Peñarroya.
Cobre
El desarrollo de la electricidad en los países industrializados disparó el consumo de este producto. La riqueza de minerales de cobre - piritas cobrizas - de la comarca de Riotinto era bien conocida desde milenios. En 1855 había surgido la francesa Cie. de Mines de Cuivre d'Huelva, participada por los hermanos Pereire. En 1866 alquiló sus instalaciones a la Tharsis Sulphur and Copper Mines Ltd. de Glasgow que construyó el ferrocarril que conectaba el área minera con Huelva para la exportación del metal. A esta empresa se unió la también británica Riotinto Co. Ltd., constituida en 1872, tras la compra al Estado del emblemático yacimiento de Riotinto. Ambas acapararon hasta 1913 el negocio del cobre onubense. En 1913, el 66% del mineral de cobre producido en el mundo provenía de Huelva y las minas y metalurgia del cobre daba empleo a 20.000 personas. Los salarios se mantuvieron muy bajos y la política represiva ejercida sobre los mineros, que impidió la obtención de mejoras, proporcionó unos enormes beneficios que se exportaron en su totalidad lo que no permitió el desarrollo de la comarca.
Otro producto que se extrajo de las piritas de Huelva fue el azufre, muy demandado en Europa para la obtención de ácido sulfúrico.

Hierro
El mineral de hierro - carbonatos y óxidos de hierro - conoció un esplendor efímero a fines de siglo. Se llevó a cabo con capitales foráneos, vascos e ingleses. La minería del hierro, concentrada fundamentalmente en Almería, no fue acompañada de una industria metalúrgica asociada - como en el plomo - sino que el hierro se exportó en bruto o sometido a un proceso previo en hornos de calcinación para aumentar la pureza de los minerales. El gran volumen de estos y su escaso valor propiciaron la mecanización de su transporte hasta la costa, en la que era recogido en barcos. Para ello se construyó una importante infraestructura ya que los yacimientos se encontraban en el interior: líneas de ferrocarril, cables mineros y embarcaderos. El apogeo de la demanda del hierro se dio entre 1890 y 1914.
Carbón
El carbón de Villanueva del Río - Sevilla -, cuyas primeras galerías se abrieron en el siglo XVIII, abasteció a los altos hornos de El Pedroso pero más importante fue la cuenca hullera cordobesa del Guadiato, en Sierra Morena, que alcanzó un gran auge durante la segunda mitad del siglo XIX. Esta llegó a ser considerada como la mayor explotación carbonífera de Andalucía. Por ella se interesaron los Heredia, Loring y Larios, a la búsqueda de carbón para sus siderurgias malagueñas.
5. El ferrocarril, la banca y el comercio exterior
Los ferrocarriles andaluces estuvieron condicionados por el trazado radial determinado por la legislación nacional y por las necesidades de la exportación de productos agrícolas y mineros. El 23 de septiembre de 1829, José Díaz Imbrechts obtuvo del gobierno de Fernando VII la primera concesión de España para construir un ferrocarril, que uniese Jerez con el embarcadero del Portal en el Puerto de Santa María, con vistas a la exportación del vino jerezano. Pero diversas dificultades fueron aplazando el proyecto y en 1854 entró en funcionamiento el primer tramo entre Jerez y el Puerto de Santa María.
La línea Córdoba-Sevilla se puso en marcha en 1859 y se conectó con Madrid en 1861, tras superar el difícil obstáculo de Despeñaperros. La apertura de la línea Córdoba-Málaga tuvo una importante repercusión económica pues permitió el intercambio del carbón de la sierra con los productos agrícolas de la costa. A partir de 1877 la compañía MZA controló la mayor parte del trazado ferroviario andaluz. En la economía y en la sociedad andaluza tuvieron gran trascendencia los ferrocarriles mineros de Huelva y de Almería, que conectaban los distritos mineros del interior con los puertos costeros.
Numerosas entidades financieras surgieron en este momento, como los bancos - el banco de San Fernando de Cádiz en 1846 y el Banco de Málaga en 1856 - y las cajas de ahorro, además de compañías de seguros y empresas dedicadas a la exportación, todas ellas promovidas por el capital comercial e industrial.
El comercio alcanzó un gran volumen. Andalucía, con un nivel de consumo muy bajo, quedó relegada al papel de suministradora de materias primas: exportaba vino, minerales metálicos, metales - especialmente plomo -, aceite y pasas. Los principales puertos fueron Cádiz, Málaga y Almería.
6. El declive industrial andaluz
A finales del siglo XIX el inicial impulso industrial andaluz había quedado frenado. Un conjunto de motivos explican este fracaso:
  • La caída de precios en el mercado internacional de productos poco elaborados de los que era productora Andalucía: hierro, metales, tejidos de algodón.
  • Las escasas iniciativas empresariales, con una burguesía relativamente débil.
  • La falta de capitales, debido su desplazamiento a otras regiones.
  • El colonialismo económico de los intereses extranjeros, única fuerza inversora en el caso de la minería, pero volcada en la explotación de minerales para el mercado exterior.
  • La injusta situación socioeconómica, con una propiedad concentrada y bajos salarios, causas de una efervescencia revolucionaria latente.
  • La falta de un "mercado andaluz", debido a la carencia de una red de ferrocarriles o carreteras internas y al bajo nivel adquisitivo de los andaluces.
Todo ello determinó que las enormes expectativas que se habían despertado a comienzos del siglo XIX no cuajasen y Andalucía, cien años después, no había perdido su perfil fundamentalmente agrario.
 

domingo, 17 de agosto de 2014

El Romanticismo en Andalucía


PINCHA LA IMAGEN

El romanticismo es un movimiento revolucionario en todos los ambitos vitales, rompe con los esquemas reestablecidos defendiendo la fantasia la imaginación y las fuerzas irracioanales del espíritu.
Los precursires del romanticismo son: Rousseau, Goethe. Bajo el influjo de estas dos personalidades los romanticos se encaminan a crear obras menos perfectas y menos regulares, pero mas profundas e intimas. Buscan entre el misterio e imponen los derechos del sentimiento. Su lema es la livertad en todos los aspectos de la vida.
El romanticismo en España fue tardío. Penetró por levante y Andalucia. El foco cultural mas innovador se situo en Cádiz donde se establecieron dibersas familias extrangeras que trajeron consigo el pensamiento romantico dominante en Europa, que tenia un caracter liberal y revolucionario. Este pensamiento era reflejo de la obra de el escritor inlges Lord Byron.
Caracteristicas:
-Subgetivismo.
-Atraccion por lo nocturno y misterioso.
-Sentimiento de reveldia y libertad.
-Evasión de reaidad.
Figuras mas significativas de este movimiento cultural fueron los pintores: Valeriano Bequer, Gutierrez de la Vega y Esquivel; y los escritores el Duque de Rivas, Gustabo Adolfo Bequer, Fernan Caballero, Francisco Martinez de la Rosa, Serafin Estebanez Calderon 

miércoles, 13 de agosto de 2014

Cádiz, joya del Neoclasicismo y modelo de la Ilustración


PINCHA EN LA IMAGEN


 La capital gaditana se convierte en modelo de las nuevas ideas de la Ilustración y en joya del Neoclasicismo.
El siglo XIX es el siglo de Cádiz, que, gracias a obtener la concesión del monopolio del comercio con América, se convierte en una ciudad rica y moderna donde se instalan comerciantes de todo el mundo que aportan costumbres que con el tiempo se han hecho de lo más andaluzas. Una buena muestra la constituye el Carnaval, cuyo origen, así como el de los tanguillos, los confetis o las serpentinas, puede encontrarse en este periodo histórico.
En el Cádiz de aquella época también se celebró la primera lotería de nuestro país, y en la vecina Jerez se crearon las primeras grandes bodegas de vino, además de instalarse el primer alumbrado eléctrico público de España, y el primer tren de Andalucía.

martes, 12 de agosto de 2014

ESPAÑA NOS IGNORA

VETO RUSO
Lo siento, pero me sigue resultando curioso observar cómo los medios nacionales cuando dan noticias nos siguen ignorando
Cuando veáis las noticias del veto ruso veréis Melones Manchegos, Ciruelas Extremeñas, Melocotón y Nectarinas Aragonesas etc.......y Almería, la huerta de Europa ??? .... como siempre.... ESPAÑA NOS IGNORA.

Foto: VETO RUSO
Lo siento, pero me sigue resultando curioso observar cómo los medios nacionales cuando dan noticias nos siguen ignorando
Cuando veáis las noticias del veto ruso veréis Melones Manchegos, Ciruelas Extremeñas, Melocotón y Nectarinas Aragonesas etc.......y Almería, la huerta de Europa ??? .... como siempre.... ESPAÑA NOS IGNORA.

El Siglo de Oro Español

PINCHA EN LA IMAGEN

El término Siglo de Oro fue concebido por el erudito y anticuario dieciochesco Luis José Velázquez, marqués de Valdeflores (1722-1772), quien lo empleó por primera vez en 1754, en su obra crítica pionera Orígenes de la poesía castellana,1 aunque para referirse exclusivamente al siglo XVI. Posteriormente la definición se amplió, entendiendo toda la época clásica o de apogeo de la cultura española, esencialmente el Renacimiento del siglo XVI y elBarroco del siglo XVII.2 Para la historiografía y los teóricos modernos, pues, y ciñéndose a fechas concretas de acontecimientos clave, el Siglo de Oro abarca desde la publicación de laGramática castellana de Nebrija en 1492 hasta la muerte de Calderón en 1681

viernes, 8 de agosto de 2014

El esplendor del barroco andaluz II


Pincha en la Imagen



 Al Barroco le debemos lo mejor de nuestro Siglo de Oro de las Artes; muchas de nuestras costumbres actuales; las fiestas principales, como la Semana Santa; y en buena parte los toros. La mayoría de las iglesias, plazas, palacios y casas de los pueblos andaluces son barrocas. Incluso nuestra forma de ser y entender el mundo, el gusto del pueblo andaluz por la belleza, la exaltación de los sentimientos, está profundamente influenciada por el Barroco.

miércoles, 6 de agosto de 2014

ANDALUCIA según Cruzcampo


La Población de Andalucía en Al-Ándalus


Población

La población de al-Andalus estaba constituida por un abigarrado conglomerado de etnias diversas.
En primer lugar, se encontraba el elemento autóctono de origen hispanorromano y godo. La mayor parte de esta población aborigen acabó convirtiéndose de buen grado al Islam, por motivos económicos fundamentalmente: los conquistadores gravaban, además del tributo sobre las tierras a quienes las poseían, con el impuesto de capitación a los nativos que se habían sometido por capitulación; pero se eximía del pago de este tributo a los musulmanes. Si bien esta política tuvo un éxito inicial, al permitir la islamización de los indígenas sin necesidad de recurrir a la coacción, a la larga mermó considerablemente los ingresos del Estadoy obligó a adoptar nuevos tributos, considerados ilegales, por no estar contemplados en el Corán. En algunas ocasiones, la pesada carga de la tributación, por resultar muy onerosa, provocó sangrientas revueltas sociales. Los conversos a la fe de los invasores, renegados, por tanto, del cristianismo, eran denominados con el nombre de muwalladūn, o muladíes. No obstante, en la opinión de Rachel Arié (1982, p. 17) este término se reservaba a los descendientes de los que habían profesado el islamismo y a éstos se les llamaba musālima. Algunos de los muladíes, en su afán de mimetismo, adoptaron nombres árabes, e incluso se inventaban genealogías falsas 2, y otros, en cambio, aun recibiendo su primer nombre de acuerdo con la onomástica árabe, prefirieron conservar su propio patronímico, como los Banu Angelino y los Banu Sabarico, que eran ricas familias muladíes de Sevilla. Los sometidos que siguieron fieles a su religión cristiana, es decir, los mozárabes (musta’rib), constituían el segundo grupo indígena en importancia numérica. Su contingente fue disminuyendo, a medida que alguno de sus miembros iban abrazando el Islam o huyendo a los reinos cristianos o siendo masacrados en masa como consecuencia de las rebeliones y posteriores represalias. El tercer grupo era el de los esclavos. Éstos, en los primeros momentos, procedían de los que ya lo eran durante la dominación visigoda y de la población que, por haber ofrecido resistencia a los invasores, fueron dominados por la fuerza de las armas; así Dozy (1861, Tomo I, p. 238) habla de “esclavos cristianos que cultivaban las tierras de los árabes y de los bereberes” y Martín (1989, p. 73) menciona que al poco tiempo de la invasión agarena se habían hecho “más de 500.000 cautivos [...], muchos de los cuales fueron vendidos como esclavos, y otros obligados a cultivar la tierra”. Posteriormente, este grupo se engrosó con los cautivos cristianos del norte de la Península Ibérica, que habían sido apresados en las incursiones guerreras. Los esclavos también solían convertirse al mahometismo, pero el abrazar la religión de los dominadores no les suponía de inmediato la adquisición de los mismos derechos que los que se habían sometido por capitulación y se habían convertido al Islam voluntariamente (Lévi-Provençal, 1957, pp. 101 y 102). Antes tenían que haber sido manumitidos, cosa que ocurría realmente, entre otros motivos, porque el Corán considera como obra piadosa la liberación de esclavos (azora 24, aleya 33) o el rescate de los mismos (azora 9, aleya 60). Aún había un cuarto grupo de procedencia autóctona constituido por los judíos, del que apenas se dirá algo, aunque existen estudios específicos sobre este colectivo.
Y, en segundo lugar, se encontraban los elementos alógenos, que a su vez tenían orígenes plurales, incluso de diferentes tribus, aun procediendo de una zona común. Así, de Arabia había Hachemíes, que eran del mismo linaje que Mahoma, rama que pertenecía a un tronco más amplio, el de la tribu de Koreish; también de la Península Arábiga procedían medineses y yemeníes. Algunas gentes provenían de diversos sitios del Hichad, amplia comarca también en Arabia a la que pertenecían las ciudades de La Meca y Medina; y otras de Iraq, de Siria, de Egipto y de Libia. De Ifriquiya y, sobre todo, del Mogreb vinieron los beréberes, que constituían el mayor contingente de los invasores de la Península Ibérica. Pero a la hora del reparto, como relata Dozy (1881, Tomo I, p. 232):
Los árabes se atribuyeron la parte del león: ellos se adjudicaron la mayor parte del botín, el gobierno del país y las tierras más fértiles. Guardando para sí la bella y opulenta Andalucía, relegaron a los compañeros de Tarik a las áridas llanuras de la Mancha y de Extremadura y a las ásperas montañas de León, de Galicia y de Asturias, donde era preciso escaramucear sin tregua con los cristianos mal domados.
Otros elementos foráneos eran los esclavos, que con el tiempo, fueron adquiriendo relevancia numérica; los había del África negra y del centro de Europa. Los de procedencia europea fueron llamados eslavos, de donde viene la actual palabra para designarlos, por ser de esa etnia los siervos que inicialmente se compraron y en grandes cantidades. También de origen foráneo estaban los grupúsculos de normandos, que habían quedado tras las correrías vikingas. Los esclavos manumitidos solían quedar como clientes de su antiguo señor, lo cual no impedía que gente libre también fuera cliente de algún aristócrata; estos libertos y clientes recibían el nombre de mawālī (plural de mawla), o maulas (Rachel Arié, 1982, p.176 y Lévi-Provençal, 1957, pp. 95 a 101)
En lo concerniente a Sevilla y su provincia, los elementos alógenos estaban compuestos principalmente por árabes de la primera oleada, o baladíes 5, que vinieron con Muza en 712, a los que luego se incorporaron sirios del chund de Emesa, también llamado yund de Hims, que vinieron con Balch –o Baldj, según grafías en diferentes fuentes– en 741. Entre esos árabes había medineses y, sobre todo, yemeníes. El grupo de los yemeníes era el más numeroso de las etnias conquistadoras que se instalaron en tierras sevillanas; provenían de las tribus de Lajm, Yudam, Yahsub, Hadramawt y Tuyib, tal como enumera Bosch Vilá (1984, p. 25).
Como Sevilla no capituló, sino que fue conquistada y la mayoría de los propietarios territoriales tuvieron que huir, sus tierras, en gran parte, constituyeron botín de guerra y fueron ocupadas por los invasores. Éstos y el Estado, en lo concerniente al quinto del botín, se repartieron las propiedades de los antiguos señores visigodos, tanto en la ciudad como en el campo. Los árabes de pura estirpe se establecieron preferentemente en la campiña del Aljarafe, pero mantenían palacios en la ciudad (Dozy, 1881, Tomo II, p. 189). Muy señores ellos, y poco dados a realizar trabajos manuales, hicieron explotar las tierras bien por esclavos, los antiguos campesinos y otros habitantes de Sevilla que cayeron en tal condición, o bien concediéndolas en aparcería a colonos aborígenes, mozárabes o muladíes. Los bereberes se asentaron en otras áreas rurales de la provincia de Sevilla, por ejemplo en el término de Carmona o en el de Morón. Al principio, a los sirios del chund de Emesa establecidos en la cora (o provincia) de Sevilla y en la de Niebla se les asignó, para que vivieran holgadamente y pudieran dedicarse a su cometido de soldados en reserva a disposición del califa, los dos tercios de las rentas proporcionadas por los bienes del Estado, muebles e inmuebles, que habían sido confiscados a los cristianos; pero, con el tiempo, los sirios acabaron por apoderarse de tierras y convertirse en propietarios territoriales (Bosch Vilá, 1984, pp. 21 a 24). En lo que a esto último se refiere, Sánchez-Albornoz (1946, Tomo 2, p. 26) reproduce una epístola traducida por Asín bajo el título de Un códice inexplorado del cordobés Ben Hazm (publicado en Al-Andalus, II, 1934, p.36), en la que este político y poeta del siglo XI dice:
«Esto sin contar con un hecho que no hemos jamás dejado de oír en boca de todo el mundo, y que por eso engendra ciencia cierta; a saber: que Al-Andalus jamás reservó el quinto ni dividió el botín, como lo hizo el Profeta en los países que conquistó, ni los conquistadores se avinieron de buen grado a ello ni reconocieron el derecho de la comunidad de los muslimes, como lo hizo en sus conquistas Umar; antes bien, la norma que en esta materia se practicó fue la de apropiarse cada cual aquello que con sus manos tomó. Sobre Al-Andalus cayeron, victoria tras victoria, los berberiscos, los afariqas y los egipcios, y se apoderaron de un buen número de pueblos, sin dividir el botín. Entraron después los sirios al mando de Balch ben Iyad al-Quraizi y expulsaron de las tierras que ocupaban a la mayoría de los árabes y berberiscos, conocidos con el nombre de baladíes, tal como ahora veis que lo hacen los berberiscos, sin diferencia alguna, pues bien público y notorio es lo que veis que hacen ahora con las bestias de carga en las algaras y con los frutos del olivo; que los berberiscos y los tiranos se apoderan de todo cuanto poseen, salvo lo poco que les parece dejarles... ¡Injusticia por injusticia!»
No obstante, este asunto del reparto o, en su caso, de la usurpación de las tierras no está del todo aclarado, ya que Lévi-Provençal (1957, p. 113) recoge las declaraciones del alfaquí Abu Cha’far Ahmad ibn Nasr al-Dawudí, un jurista contemporáneo de Ibn Hazm, que desmienten las afirmaciones de Ibn Hazm, recién transcritas. Estas son las palabras de Abu Cha’far:
«Tocante al territorio de al-Andalus, ha sido objeto de una declaración de mala ley por parte de cierto personaje, quien ha pretendido que el país, o su mayor parte, fue conquistado a la fuerza, no estuvo sujeto al quinto y no estuvo sometido a ningún reparto, sino que, al contrario, cada grupo de conquistadores se apropió por la violencia de una parte del suelo, sin que recibiera del poder central la enfeudación correspondiente.»
Los antiguos pobladores indígenas pasaron a ocupar, o siguieron ocupando, las escalas más bajas de los estratos de la sociedad, es decir, constituyeron la mano de obra, en muchos casos servil, que se dedicó al cultivo de las tierras y a los trabajos en los oficios y en el comercio. Hasta mediados del siglo VIII en Sevilla la comunidad más numerosa, lo mismo que en Toledo, Córdoba y Mérida, era la de los mozárabes (Rachel Arié, 1982, pp. 17 y 18). Pero pronto, ya en la primera mitad del siglo IX, la mayoría de los sevillanos había abjurado del cristianismo y, para la gran cantidad de musulmanes que ya había en Sevilla, en el reinado del emir Abderramán II se tuvo que edificar una gran mezquita, según Dozy (1861, Tomo II, p. 188).
No obstante, en el momento de las primeras conquistas de los muslimes, algunos visigodos colaboraron con los invasores y conservaron sus grandes posesiones territoriales. Tal fue el caso de Olmundo y Ardabasto, hijos de Witiza el rey destronado por don Rodrigo (el último rey godo), que, como es natural, enseguida se pusieron en contra de quien había depuesto a su padre y a favor de las fuerzas que se oponían al nuevo rey visigodo. Las propiedades territoriales de Olmundo se encontraban en la provincia de Sevilla, mientras que las de Ardabasto estaban en la de Córdoba (Bosch Vilá, ib. pp. 22 35 y 61). Las grandísimas posesiones de éste despertaron la envidia del emir de Córdoba Abderramán I, quien violando el tratado que los hijos de Witiza habían sellado con Tarik y posteriormente ratificado por el califa de Damasco, las confiscó en su favor “tan sólo porque las encontraba demasiado extensas para un cristiano” (Dozy, 1861, Tomo II p. 54). Mientras tanto, la fortuna de Olmundo no corría la misma suerte que la de su hermano: La única hija de Olmundo, Sara la Goda, heredó la inmensa fortuna de su padre, y, al casarse dos veces con musulmanes, dio origen a varias familias muy poderosas e influyentes. De su primer matrimonio con el damasceno ‘Isa ben Mazahim, con quien la casó el califa omeya de Damasco Hisam b. ‘Abd al-Malic, descendían los Banu l-Qutiyya, o sea, “los descendientes de la Goda”, y de sus segundas nupcias con el yemení, de la tribu de Lajm, ‘Umayr b. Sa’id, con quien se casó por consejo del primer emir omeya de Córdoba, Abderramán I, descendían, entre otras familias, los Banu Hayyay, o Beni Haddjadj, según diferentes grafías en distintas fuentes, que protagonizaron en Sevilla una insurrección en el año 889, durante el reinado del emir ‘Abd Allah.
Otros habitantes de Sevilla, de entre los descendientes de los hispanorromanos y de los godos, se fueron enriqueciendo con el transcurso del tiempo gracias a la agricultura y el comercio, pues “numerosas embarcaciones de ultramar iban a buscar a Sevilla, que pasaba por uno de los mejores puertos de España, cargamentos de algodón, de aceitunas y de higos, que la tierra en abundancia producía” (Dozy, ib., Tomo II, pp. 187 y 188). M’hammad Benaboud (1992, pp 77 a 82) confirma el gran potencial económico de Sevilla en el siglo XI, así como el enriquecimiento de algunos de sus habitantes, debido a la abundancia de recursos naturales y la feracidad de su campo. Algunas variedades de higos sólo se cultivaban en Sevilla, como los llamados al-qúti y al-sufrí. En la comarca sevillana los “olivares eran tan extensos que un viajero podía atravesar un área de veinticinco millas bajo la sombra de los olivos”. Se producía tanto aceite en los alrededores de Sevilla que los comerciantes sevillanos se enriquecieron exportándolo a través de su puerto fluvial en el Guadalquivir 7. Una de las ricas familias de origen español era la de los Banu Angelino, de la cual un tal Jattab ibn Angelino, abuelo del personaje llamado Mohammed ibn Omar que se vio involucrado en los sucesos del año 889, se había convertido al mahometismo.
La insurrección en Sevilla del año 889 estuvo encabezada por Ibahim b. Hayyah, descendiente de Sara la Goda, y por el yemení, de la tribu de Hadramawt, Qurayb, de los Banu Jaldún. El motivo de la sublevación de estos aristócratas árabes fue según Dozy (ib., Tomo II, p. 190) alzarse con el poder en Sevilla, arrebatando la ciudad al sultán, y tener vía libre para expoliar a los ricos y odiados españoles. El resultado de esta rebelión fue que, tras la muerte de los cabecillas de los Jaldún, Ibrahim consiguió del emir de Córdoba ‘Abd Allah el reconocimiento del señorío sobre Sevilla y Carmona, lo que representaba el derecho a percibir los impuestos (Bosch Vilá, 1984, pp. 61 a 66). Pero durante la rebelión se produjeron acontecimientos sangrientos para la población sevillana de origen hispano. Ibn Angelino e Ibn Sabarico fueron ejecutados y el gobernador de Sevilla, deseoso de vengar las muertes de sus tres hermanos, acaecidas en las luchas de esos luctuosos sucesos, concedió permiso a los Jaldún y a los Hayyay “para saquear y exterminar a todos los españoles, cristianos o musulmanes, dondequiera que los encontraran, en Sevilla, en Carmona o en el campo”. Dozy (ib., Tomo II, p. 203) prosigue con esta narración del siguiente tenor:
Entonces comenzó una horrible carnicería. Ciegos de furor, los yemenitas degollaron españoles a millares. Por las calles corrían arroyos de sangre. Los que se arrojaron al Guadalquivir, para escapar del cuchillo, casi todos perecieron en las olas. Pocos españoles sobrevivieron a esta horrible catástrofe. Opulentos antes, ahora se encontraban en la miseria.
Los yemenitas conservaron mucho tiempo el recuerdo de esta sangrienta jornada; el rencor sobrevivió entre ellos a la ruina de sus adversarios. En los castillos señoriales y en otros lugares del Axarafe y del Sened [comarca que al oeste del Aljarafe se extiende hasta Niebla], en las nocturnas veladas, los improvisadores tomaban muchas veces por tema de sus cantos el triste drama que acabamos de referir, y entonces los yemenitas, con la vista inflamada por un odio sombrío y feroz, escuchaban versos como estos:
“Con la espada en la mano, hemos exterminado esos hijos de esclavas. Veinte mil de sus cadáveres yacían en el suelo, las grandes olas del río llevaban otros.
“Su número era otras veces prodigioso, nosotros lo hemos hecho mínimo.
“Nosotros, hijos de Cahtan, contamos entre nuestros abuelos a los príncipes que reinaban antes en el Yemen: ellos, esclavos, no tienen más que esclavos por abuelos.
“¡Infames!, ¡perros!, con su loca audacia osaron venir a desafiar a los leones en su gruta...
“Nosotros nos hemos enriquecido con sus despojos y los hemos precipitado en las llamas eternas, donde han ido a reunirse con los themuditas”.
El califa Omar II, que era muy religioso, practicaba conscientemente esta política de islamizar de buen grado a las gentes dominadas aun a costa de mermar la recaudación de los impuestos. Dozy (1881, Tomo I, p. 210) refiere así este hecho:
  Los  teólogos se regocijaban de esta rápida propagación de la fe, pero el tesoro sufría enormemente. La contribución de Egipto, por ejemplo, se elevaba aún, bajo el califato de Othman, a doce millones, pero pocos años después, bajo el califato de Moawia, cuando la mayor parte de los coptos abrazó el islamismo, descendió a cinco. En el de Omar II, bajó más aún, pero el piadoso califa no se inquietaba por ello, y cuando uno de sus lugartenientes le envió este mensaje: “Si este estado de cosas se prolonga en el Egipto, todos los dhimmis se harán musulmanes y se perderán así las rentas que producen al tesoro del Estado”, le respondió: “Sería feliz si todos los dhimmis se hicieran musulmanes, puesto que Dios ha enviado a su Profeta como apóstol, no como colector de impuestos”.
El proceso para ganar prosélitos en la fe mahometana era bien sencillo, bastaba con pronunciar estas palabras (Dozy, ib., Tomo I, p. 219): “No hay más que un solo Dios y Mahoma es su profeta”. Pero luego no se exigía al converso el cumplimiento riguroso de los preceptos religiosos, ni siquiera el de la circuncisión. El califa Omar, cuando el gobernador de Corasán se quejó de ello, no se preocupó lo más mínimo y manifestó que Mahoma no había venido como enviado de Dios para circuncidar a los hombres, sino para propagar la verdadera fe. Ahora bien, una vez que la ley declaraba musulmán a alguien ya nunca podía volverse atrás, ni él ni su prole, pues era considerado apóstata y condenado a muerte. Abrazar esta religión suponía vincularse a ella de por vida y afectaba obligatoriamente a los descendientes, ya que, como dice Dozy (ib., Tomo II, p.55): “La Iglesia musulmana los acogía en la cuna y no los abandonaba hasta la tumba.”
2 Tal es el caso del filósofo, poeta, historiador y político –pues durante unos meses fue primer ministro de Abderramán V (1023-1024)– Ibn Hazm, de quien Ibn Hayyan dijo lo siguiente, según Lévi-Provençal (1957, p. 102, n 22):
  «Una de las extravagancias de Ibn Hazm consistió en reivindicar que Persia era la cuna de su familia, cuando era de linaje muladí y pertenecía a una familia indígena de Niebla. Su abuelo fue el primero de los suyos que se convirtió al Islam.»
Con independencia de los motivos que hubiera tenido el abuelo de Ibn Hazm para hacerse musulmán, en ocasiones el afán por abrazar la fe islámica era debido a las persecuciones o discriminaciones raciales a las que eran sometidos los mozárabes. Más adelante (véase infra página 310) se comenta la confiscación de bienes que sufrió Ardabasto, hijo del penúltimo rey visigodo, por el mero hecho de ser cristiano. Según Eugenio Asensio (1976, p. 37), al parecer, de estas persecuciones por motivos religiosos de los moros contra los cristianos que vivían en su territorio, Américo Castro obtuvo la idea “de que la Inquisición, con sus secretos procesos, sus malsines y su obsesión por la limpieza de sangre, es una seudomorfosis de los procedimientos de las aljamas, transportados por perversos conversos a la despiadada Institución”. Sea cierta o no esta hipótesis de Amárico Castro, la realidad es que la invención de genealogías falsas, para demostrar la pureza de la sangre cristiana desde innumerables generaciones, siguió practicándose en la España cristiana posterior, habiéndose iniciado, en el sentido contrario, en la España islámica anterior. Sobre esto y aplicado al caso de los islamizados, Serafín Fanjul (2000, b, p. 51), refiriéndose a los musulmanes del sur, dice “que aún en los siglos XII, XIII, XIV... persisten en inventarse genealogías con entusiasmo reclamándose árabes, en el estricto sentido racial, y por consiguiente foráneos y ajenos a toda continuidad de la Hispania visigótica y romana”. Y más adelante, este mismo autor (ib., p. 113) insiste en este proceder de los muladíes:
  Aunque el concepto político del arabismo sea recientísimo, los andalusíes se veían partícipes de un pasado árabe mítico con el cual rabiaban por entroncar dado el prestigio racial que implicaba: de ahí la pervivencia en avanzadísimos momentos de la historia de al-Andalus (siglos, XII, XIII, XIV...) del prurito de búsqueda de antepasados árabes emigrados a la Península, con la consiguiente falsificación de linajes.
No obstante, numerosos beréberes estaban asentados en tierras de Andalucía, tal como se deduce de las propias narraciones de Dozy.
Sobre el origen de esta palabra se profundiza algo más en las páginas 471 y 472.
Dozy (1881, Tomo I, p. 307) llama baladíes a “los árabes que vinieron a España antes de los sirios”, pero, según el propio Dozy (ib., Tomo II, p 46) después de los árabes de la primera oleada, los de Muza, y antes de la llegada de los sirios de Baldj habían venido árabes con Samh, gobernador de al-Andalus de 719 a 721, y con otros gobernadores. Para aumentar más la confusión, Ben Hazm, véase en Sánchez-Albornoz (1946, Tomo II, p. 26), llama baladíes a los árabes y berberiscos que entraron a la Península antes que los sirios mandados por Balch.
6 Debido a la escasez de las fuentes, a lo que Lévi-Provençal (1957, p. 111) llama una “documentación indigente”.
7 Al-Saqundi, en su Risala escrita en época de los almohades, hace un elogio de Sevilla, reproducido por Sánchez-Albornoz (1946, Tomo II, p. 300 y 301), en el que, entre otras cosas, cuenta lo siguiente:
  Supera este río [el Guadalquivir] a todos los demás en que sus riberas están bordeadas de quintas y jardines, de viñedos y de álamos, que se suceden sin interrupción, con una continuidad que no se encuentra en ningún otro río. Me contó una persona culta, que había visitado El Cairo y a quien yo pregunté por el Nilo, que los jardines y las quintas no se suceden en sus márgenes con la continuidad con que se suceden en el río de Sevilla. Del mismo modo, otra persona, que había estado en Bagdad, ponderaba este río porque en él no falta nunca la alegría y porque no están prohibidos en él los instrumentos músicos y el beber vino, cosas que no hay nadie que repruebe o critique, mientras la borrachera no degenere en querellas y pendencias. Algunos de sus gobernadores, celosos en materia de religión, intentaron suprimir este estado de cosas, pero no pudieron lograrlo.
  [...] el Aljarafe (Xaraf) ha reunido toda la excelsitud (al-xaraf) que quiso. Sus productos cubren las regiones de la tierra y el aceite que se prensa en sus olivares es exportado hasta la propia Alejandría. Sus aldeas superan a todas las otras aldeas por el primor de sus construcciones y por el celo con que sus habitantes las cuidan por dentro y por fuera, hasta el punto de que parecen, de encaladas que las tienen, estrellas blancas en un cielo de olivos. A uno que había visto El Cairo y Damasco le dijeron: «¿Qué te gustó más: esas dos ciudades o Sevilla?», y contestó, después de preferir a Sevilla: «Su Aljarafe es un bosque sin leones y su río es un Nilo sin cocodrilos.»
Familia a la que también pertenecía Ibn Jaldún, el famoso historiador del siglo XIV autor de la Muqaddimah. Este culto historiador fue durante un breve periodo embajador del rey moro de Granada ante el cristiano Pedro I, el Cruel, cuya corte radicaba en Sevilla. A este rey se debe la construcción de los actuales Reales Alcázares de la capital sevillana.
Pueblo impío que no quiso creer a su profeta que Dios le había enviado. (Nota insertada por el propio Dozy). Washington Irving (1849, p. 15) dice que los primeros habitantes de Arabia fueron los descendientes de Sem, hijo de Noé, que se dividieron en dos tribus: la de los Aditas y la de los Thamuditas; y que de estas tribus primitivas ya no quedan vestigios porque fueron “barridas de la tierra en castigo de sus iniquidades”.