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En los albores del siglo XX Andalucía seguía sumida en la crisis y lastrada por la pervivencia de sus injustas estructuras agrarias.

La restauración de la Monarquía trajo consigo una fuerte incidencia del caciquismo como práctica política generalizada, si bien el problema del desempleo fue paliado durante la década de los años 20 con las obras de infraestructuras impulsadas por la Dictadura de Primo de Rivera. En 1929 se celebró en Sevilla la Exposición Iberoamericana, que supuso una gran oportunidad de modernización para esta ciudad.
La falta de libertades y los problemas económicos acabaron con la Monarquía y en 1931 se proclamó la Segunda República Española, cuyo primer presidente fue el cordobés Niceto Alcalá Zamora. La inestabilidad política de este periodo, agudizada por el efecto retardado de la gran crisis del 29, impidió que se avanzara en la siempre aplazada reforma agraria. Tampoco pudo ver la luz el Estatuto de Autonomía de Andalucía, impulsado por Blas Infante.

Tras la victoria de la izquierda en las elecciones de 1936, la sublevación militar del general Franco contra la República abrió el camino hacia la Guerra Civil, que se prolongó hasta 1939 y que tuvo sus secuelas algunos años más con la dura represión ejercida por el bando vencedor. Durante la mayor parte de la contienda, las provincias occidentales quedaron bajo el control de los sublevados, mientras la zona oriental permaneció dentro del territorio republicano.
Con la derrota de la República, se inicia la prolongada dictadura del general Franco, durante la cual tampoco se solucionará el endémico problema agrario. Como consecuencia, centenares de miles de andaluces se ven obligados a emigrar a Cataluña, País Vasco, Madrid y diversos países europeos y americanos. A partir de los años 60, el desarrollo del turismo se convierte en la principal válvula de escape que alivia los problemas económicos.

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